Mujeres, alimentación y agroecología en tiempos de COVID-19

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Los momentos actuales son un escenario que nunca imaginábamos, debemos permanecer en casa, limitar el trabajo, atender las recomendaciones sanitarias y sobrellevar la vida. Pero, ¿Qué significan estas instrucciones?. La pandemia ha puesto al descubierto las debilidades del sistema global, el de salud, pero sobre todo el alimentario, que se impone en la producción intensiva de alimentos, la explotación de la Madre Tierra y las desigualdades económicas existentes para quién produce y compra los alimentos, los dos eslabones más débiles de la cadena.

El COVID-19 pone de manifiesto las consecuencias ecológicas, económicas y sociales de los alimentos que se consumen. Dejar la alimentación en manos de las grandes corporaciones ha significado una larga cadena de explotación; del seno de la tierra se extraen grandes cantidades de agua para regar los monocultivos, se deforestan grandes extensiones de tierra para dedicarla a la ganadería concentrada, miles de jornaleros y jornaleras agrícolas son sometidos a condiciones de abuso, casi esclavitud y se emplean grandes cantidades de combustibles fósiles para trasformar, refrigerar y trasportar alimentos ultraprocesados, que como dice nuestro Subsecretario de Salud, palabras más palabras menos:

“hemos tenido por más de 30 años, una sobreoferta de alimentos superprocesados y ahora vemos las consecuencias”.

Esta pandemia ha desnudado las desigualdades ya existentes, se ha incrementado la carga de trabajo para las mujeres, se extiende el trabajo de cuidado y se hacen evidentes las vulnerabilidades de las mujeres, desde un análisis interseccional que contemplan entre otras las opresiones de género, de raza, de clase, de etnia y de edad.

Nuestras abuelas nos cuentan que no hace mucho tiempo, la mayoría de los alimentos que se consumían eran regionales, productos de temporada: había maíz, frijol, calabaza, verdolagas, chiles, quelites, citlales, hongos y muchos otros alimentos que producían, recolectaban, compraban o intercambiaban en los mercados locales, las cocinas eran el centro de los hogares, allí trascurría la vida.

Clara Palma – abuela cafetalera- nos comenta:

En la cocina, removemos el nixtamal, hacemos tortillas, ofrecemos un taquito de sal y manteca a los mas pequeños, y mientras preparamos los alimentos, se nos aleja la tristeza, al nutrir el cuerpo de nuestra familia, se regocija el alma, y lo complemento con lo que decía doña Rosa Ixtla: Lo que abunda no hace daño, cuando su mesa estaba llena de productos que provenían de lo que ella y sus vecinos producían.

Hoy tenemos una herramienta que se une al saber-hacer de las mujeres, la agroecología que conecta nuestra vida con la alimentación, la salud, la convivencia familiar y las redes de apoyo. Preparar alimentos basados en productos locales, diversos, de temporada, nos remonta a recordar las recetas de las abuelas, nos permite pasar tiempo con la familia cocinando, desarrolla nuestra creatividad para que los platillos sean nutritivos, sabrosos, divertidos y aliados a la Naturaleza.

Al alimentarnos, con prácticas comunitarias y familiares, nos vinculamos a un proceso histórico de preservación de semillas, de saberes en torno al uso de la agrobiodiversidad y recetas que aluden a la cultura alimentaria tradicional de nuestras distintas regiones y que se mezclan con recetas actuales. Los alimentos agroecológicos también nos dan salud, nos ayudan a prevenir enfermedades, nos nutren y nos hacen fuertes a nosotros y al Planeta frente a las crisis. Tener asegurada la alimentación familiar también favorece la salud emocional, cuando hay disponibilidad de alimentos nos sentimos seguras, sin miedo, fuertes, alegres y con esperanza.

Hacer agroecología también es mantener las vivas las redes de apoyo y colaboración, es mantener la relación entre quien produce y quien consume, es idear formas no económicas para el abasto de alimentos, como el trueque de productos; es aprender a comercializar de manera virtual, es compartir experiencias y sentires, es pensar en apoyar a los mas necesitados, es confiar que en unidad y armonía podemos cambiar para vivir. La agroecología anima a seguir trabajando para garantizar el derecho humano a una alimentación adecuada, el derecho a la salud, los derechos campesinos, los derechos de las mujeres y otros derechos vinculados.

De esta pandemia salimos juntas y juntos, algunas de las respuestas las tenemos cerquita de nosotros, en la milpa, en el traspatio, en nuestro pequeño huerto urbano donde de nueva cuenta inicia la vida, es momento de tomar las decisiones que nos llevaran a cambiar la ruta, y la agroecología es una de ellas.

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